Jordi Calvet

Phnom Penh, 2 nov (EFE).- El glorioso pasado de Angkor, imperio que dominó el Sudeste Asiático hace casi mil años y constituye el mayor orgullo de los camboyanos, revive estos días en las típicas regatas del Festival del Agua, el principal evento del país.

Según cuenta la tradición, las regatas fueron establecidas por el Rey Jayavarman VII en el siglo XII para conmemorar la victoria jemer frente al vecino imperio Champa en una batalla naval en el lago Tonlé Sap que llevó la paz y la libertad a Angkor.

El episodio quedó recogido en los bajo relieves que decoran Bayon, uno de los monumentos más emblemáticos del conjunto de templos declarados Patrimonio de la Humanidad.

Otra versión sitúa el origen del festival en el siglo XVI por iniciativa del Rey Ponhea Tat que instauró la tradición de movilizar por un día toda su armada en unos ejercicios de entrenamiento y de exhibición de poderío militar.

Cerca de 400 embarcaciones llegadas hasta la capital, Phnom Penh, y procedentes de todas las provincias, participan en una competición de tres días convertida en demostración del rico folclore camboyano y exaltación patriótica.

A primera hora de la mañana los participantes se concentran en el punto de salida esperando que llegue su turno en una carrera que avanza por series eliminatorias de dos piraguas.

La meta está situada en la confluencia de los ríos Mekong, Tonlé Sap y Tonlé Bassac, a la misma altura del Palacio Real, justo enfrente del palco de autoridades presididas por el Rey Sihamoni.

Al concluir la serie, los participantes regresan al punto de partida y al pasar por delante del palco devuelven la salutación del monarca con "vivas" a Camboya.

Emulando al mítico Jayavarman VII, un bailarín armado con un bastón de combate dirige y marca el ritmo de remo de unas piraguas meticulosamente decoradas que pueden llegar a tener más de setenta tripulantes.

Uno de ellos es Koh Sotin, capitán desde hace 15 años de la embarcación que representa a la provincia de Kompong Cham.

Su posado tranquilo mientras espera el momento de competir contrasta con el nerviosismo de los más jóvenes que toman parte por primera vez en la regata ante una multitud que abarrota el paseo fluvial capitalino.

Los ganadores se llevaran un premio de 2.000 dólares.

Pero, a pesar de lo goloso de la cifra en un país donde la mayoría de sus habitantes sobrevive con un par de dólares al día, para los participantes hay algo mucho más importante en juego: el honor de la victoria.

"No se trata sólo de dinero. Bon Um Tuk es nuestra ceremonia tradicional y queremos ganar para regresar a casa con la reputación del ganador", dice Koh Sotin.

Este prestigio lleva a los gobiernos provinciales a volcarse con sus representantes que requieren de un enorme esfuerzo económico para construir las piraguas de madera cuyo precio puede alcanzar los 20.000 dólares.

Pero Bon Um Tuk es algo más que las regatas. El festival coincide con la luna llena que inicia un nuevo mes budista, el fin de la cosecha de arroz y el inicio de la temporada de pesca, una vez superada la estación de lluvias.

Es en esta época del año cuando se da un fenómeno natural único en el mundo en el que el río Tonlé Sap, empujado por la fuerza del Mekong, invierte por unas semanas la dirección en la que fluyen sus aguas.

Las ofrendas que cada piragua lleva en su proa simbolizan una acción de gracias al espíritu del río y de las aguas vitales en un país que desde tiempos inmemoriales confía su subsistencia en el cultivo del arroz. EFE

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