
El fino hilo entre el odio y el amor
Tras pelearse como pitbulls en las primarias, Newt Gingrich concluye su campaña respaldando a Mitt Romney.
En la política contemporánea, hay ciertas escenas que se han convertido en clásicos, como la del político pidiendo disculpas con su mujer al lado tras ser pillado en un lío de faldas. Otra es la de un candidato tragándose la bilis para apoyar al acérrimo enemigo que lo acaba de derrotar en unas primarias. Ese es el papel que le toca interpretar esta semana a Newt Gingrich.
El expresidente de la Cámara de Representante ha puesto por fin el cierre a su moribunda campaña por la nominación republicana, que lleva meses en coma y que por razones poco claras mantenía con vida más allá de toda lógica.
En el guión al uso que se desempolva para estos casos, el candidato en cuestión reafirma su fe en su mensaje, centra sus críticas en el candidato del otro partido y trata de encontrar puntos en común con su antiguo rival, en este caso Romney.
Gingrich se olvidará de la lluvia de millones que el virtual candidato republicano a la presidencia se gastó en la Florida en anuncios agresivos contra su persona, y que contribuyó a detener el impulso que había ganado tras su sorprendente victoria en las primarias de Carolina del Sur. Este alud de publicidad negativa en unas primarias es considerada un hito en la historia de la política moderna estadounidense.
Por enctonces, un airado Gingrich acusó al exgobernador de Massachusetts de haberle tirado "hasta el fregadero de la cocina" con los comerciales de televisión en los que le prácticamente se le responsabilizaba de la crisis inmobiliaria por haber trabajado con la firma hipotecaria pública Freddie Mac, se recordó la multa de $300,000 que se le impuso por violaciones de ética en la Cámara de Representantes o se le acusó de haberse convertido en un "traficante de influencias" en Washington. Poca cosa.
Tampoco el excongresista se quedó callado y en uno de sus anuncios, entre otras perlas, acusó a Romney de "engañar, distorsionar y mentir" para ganar en las urnas, además de atizarle por los millones que ganó en la firma de inversiones Bain Capital presuntamente desmontando empresas, despidiendo a sus empleados y vendiendo sus bienes por cantidades jugosas. Toma ya.
Además, ambos se enzarzaron en hirientes duelos en los debates, en los que afloraron ataques personales. Entre otras cosas, Romney se sintió ofendido de que Gingrich lo calificara de "antinmigrante" habiendo nacido su padre en México, mientras que Gingrich se preguntó si el exgobernador, de ganar, sería el primer presidente con una cuenta en un banco suizo.
No todos los rivales superan la animosidad, rencor o desdén por su antiguo rival en el partido. De hecho, los archiconservadores Michele Bachman y Rick Santorum aún no se han pronunciado a favor de Romney.
En el caso de Gingrich, todo lo desagradable queda a partir de ahora en agua de borrajas, detalles sin importancia, como si nunca hubiera sucedido. Si nos ponemos a pensar mal, tal vez es que el expresidente de la Cámara necesita de la habilidad de Romney con el dinero para solventar la deuda de $4 millones que afronta su campaña.
Sea lo que sea, tras mostrarse los colmillos durante meses, ahora los dos rivales se sonreirán cuando compartan un acto de campaña y se pedirán aplausos el uno para el otro. Cuánto daríamos por saber lo que realmente piensan el uno del otro, ya que tanto cariño repentino sabemos que es teatro, puro teatro.
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| Etiquetas: | Republicanos |
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